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ANÁLISIS Y OPINIÓN

Moyano y Grabois, una unidad con la bendición de Papa que llega a El Calafate

Por Nicolás Alberio, columnista de Mundo Gremial

Mundo Gremial

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Hugo Moyano es el referente de los Camioneros desde hace décadas, mientras que Juan Grabois tiene su base política en otro sector de la sociedad, en los trabajadores informales, en los excluidos. ¿Pero qué tienen en común? ¿Por qué se los ve cercanos a pesar de la diferente procedencia? El Papa Francisco es el puente que une a estos dos mundos.

Siguiendo las estructuras de análisis sociológicas del Siglo XX, los trabajadores fueron históricamente el sector popular. El peronismo nació con un discurso que los interpelaba, que les otorgaba derechos. Por convicción, para ganar elecciones, todo es materia opinable, como sucede siempre cuando se habla del líder justicialista. Pero lo cierto es que así fue concebido. En esta matriz, el sindicalismo se alineó como parte esencial del Movimiento Nacional. Sin embargo, desde mediados de la década del 70, la Argentina ya no incluye a personas al mundo del trabajo, sino que sistemática expulsa a más y más fragmentos de la sociedad.

Moyano es heredero de esa vieja tradición. No quiere decir que represente al conjunto de los trabajadores, ya nadie lo hace, pero sí su condición de sindicalista lo embiste con características muy peculiares para la época. El movimiento obrero organizado, como se le decía, son los privilegiados de la sociedad. Vaya paradoja. Son quienes tienen un sueldo, vacaciones pagas, convenios colectivos de trabajo, aguinaldo, obra social, y la lista sigue.

Por su parte, Grabois comenzó su actividad política en la Confederación de los Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), es decir, quienes hacen changas, los trabajadores que no tienen asegurado un plato de comida a diario.

Grabois y Moyano son dos mundos paralelos, que casi no se tocan. Salvo cuando el trabajador formal sale de la fábrica y en un semáforo alguien se acerca para limpiarle el vidrio del auto, o cuando contrata a alguien temporalmente para que le corte el pasto de la casa.
A pesar de ello, durante el 2018 se los vio muy cercanos. Toda una novedad ver a sindicatos formales junto a movimientos sociales. Un ejemplo claro fue la misa que organizó el camionero y a la que asistió Grabois en Luján. Conclave que jamás se podría haber realizado sin el visto bueno del Vaticano, a pesar que luego se negó rotundamente su participación.

La ceremonia eclesiástica, en la cual se criticó en duros términos la gestión de Mauricio Macri y sus consecuencias en el mundo del trabajo, dejó de manifiesto quién ejerció el rol de unir a ambos sectores: el Papa Francisco.

A pocos puede sorprender que Francisco tenga un rol político, siempre fue así a lo largo de los 2000 años de la Iglesia. Los papas son jefes de Estado y como tales participan en la arena política, con mayor o menor intensidad. Puede gustar o no el posicionamiento que toma, pero la realidad es que Bergoglio busca que los sectores formales e informales del mundo del trabajo establezcan una plataforma común de cara a las elecciones del 2019.

Aquí comienza a tomar relieve una figura que como el sol, aunque no la veamos siempre está: Cristina Kirchner.

Pocos meses atrás, Moyano se reencontró luego de más de 6 años de fuerte distanciamiento con la líder de Unidad Ciudadana. Si bien, donde hubo fuego cenizas quedan, los intereses de ambos volvieron a cruzarse en el camino. Cristina Kirchner sabe que se necesita al camionero para ganar elecciones y él quiere que Macri no sea reelecto, al tiempo que lo culpa de todas las causas judiciales en su contra.

En este esquema, Grabois de estrechísimos vínculos con el Papa, recorre los medios y realiza actos partidarios, ahora enmarcado en Patria Grande, desde donde plantea que Cristina Kirchner es la mejor candidata a presidente, pero aclara “con el kirchnerismo, pero sin los corruptos”.

En los próximos meses la unidad entre Moyano y Grabois ingresarán a la recta final y hay que estar atentos a los distintos movimientos que realizarán hasta el cierre de lista. Sí, no leyeron mal. La confección de las candidaturas es la fecha a tener en cuenta y no los comicios generales. La gran incógnita es si Cristina Kirchner se presenta o no. Si lo hace ambos espacios confluyen y si no, ninguno de los dos recordarán haber tomado un café juntos.

Somos una agencia de noticias sindicales. Nuestra misión es dar un espacio de encuentro e información a todos los sectores de la actividad, sin discriminar su capacidad y potencial

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ANÁLISIS Y OPINIÓN

“La idea de que los trabajadores deban ceder derechos para obtener un empleo resulta insostenible”

ENTREVISTA | Para Pedro Américo Furtado la informalidad es uno de los grandes problemas que tiene la Argentina por resolver. El 2018 cerró, según el INDEC, con 20,4 millones de trabajadores de los cuales 4,9 millones no están registrados mientras que otros 4,9 son cuentapropistas.

Pablo Maradei

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A horas de subirse a un avión con destino a Ginebra para participar desde el lunes en la la 108° Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo, Pedro Américo Furtado, titular de la OIT, se prestó a un extenso diálogo con Mundo Gremial. La reforma laboral, algo que el Gobierno intentó llevar adelante desde que asumió en diciembre de 2015, aunque ahora frizada por el calendario electoral imperante, Furtado sostiene que “el desempleo tiene múltiples causas pero difícilmente pueda argumentarse que el rol del sector sindical es una de ellas”. Este lunes también estará en Suiza Dante Sica, el ministro de Producción y Trabajo.

– Se cumplen 100 años de la OIT. ¿Qué hito histórico laboral fue lo que impulsó a su creación? 
En términos históricos, la referencia inmediata para contextualizar la creación de la OIT es, desde luego, el final de la Primera Guerra Mundial, la Conferencia de Paz París en 1919 y lo que luego fuera el Tratado de Versalles y la Liga de las Naciones. Son hitos estrechamente conectados con la OIT, que además de ser la agencia más antigua de las Naciones Unidas, es la única cuyos mandantes son representantes de gobiernos, organizadores de empleadores y trabajadores. Si bien la guerra dejó países literalmente en ruinas, economías devastadas, familias desplazadas y toda una nueva geografía, las transformaciones en el mundo del trabajo habían comenzado mucho antes como resultado de procesos de industrialización, tanto en Europa como en Estados Unidos. Entonces, por un lado, los trabajadores ya organizados exigían condiciones más equitativas y seguras. Por otro lado, los gobiernos y los empleadores aceptaban la necesidad de colaborar y acordar normas para regular el trabajo, pero pensando más allá de la rentabilidad, sino en que hubiera justicia social. Ahí mismo se advirtió cuán relevante es el diálogo como herramienta de construcción colectiva. En este contexto nació la OIT y, precisamente, desde el preámbulo de su constitución, asumió una misión asociada a la paz universal y duradera.

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– Nos podría dar una síntesis de los problemas que se erradicaron en estos 100 años y cuáles son los desafíos que se presentan ahora?
El centenario de la OIT permitió hacer, como organización pero también de manera individual, un ejercicio retrospectivo muy interesante: identificar algunas cosas naturalizadas en torno al mundo del trabajo, como si hubieran sido siempre así, pero que en realidad son logros relativamente recientes. Piense en la jornada de ocho horas de trabajo, los fines de semana, la seguridad social, la protección de la maternidad, la inclusión de personas con discapacidad, el principio de igual remuneración por trabajo de igual valor y podríamos seguir. Hay una serie larga de derechos de los trabajadores que fueron conquistados a lo largo del tiempo y, en cada una de esas conquistas, la OIT estuvo presente. El análisis de los convenios, las normas y las recomendaciones que la OIT fue dando a lo largo de cien años muestra que, además de acompañar y guiar esa conquistas, también tuvo una visión que le permitió anticiparse a temas clave, como el caso de la migración laboral o la equidad de género. Existen flagelos como el trabajo forzoso o el trabajo infantil en los que se registraron avances muy notables, pero desde luego esos problemas todavía persisten. En el mundo son más de 152 millones las víctimas del trabajo infantil. En Argentina, son uno de cada diez niños y niñas de entre cinco y quince años. Aún hay inmigrantes que trabajan en condiciones de hacinamiento, con jornadas de trabajo extensas y alta precariedad, hay altos índices de accidentes y muertes en el lugar de trabajo, el desempleo juvenil es tres veces más alto que para el resto de la población. Pero el trabajo de la OIT realmente puede observase en mejoras concretas en la vida de todas las personas. Además de las deudas pendientes, también hay nuevas complejidades: los cambios demográficos, tecnológicos y climáticos impactan de manera transversal en todas las áreas del mundo del trabajo. Desde la posición de la OIT, si hay una respuesta común para hacer frente a estos desafíos, es el diálogo social: la herramienta más potente para que los gobiernos, sindicatos y empresas puedan revitalizar el contrato social poniendo a a las personas en el centro del debate.

– Comenzó la 108° Conferencia Internacional en Ginebra y el futuro del Trabajo será la cuestión medular a tratar. Da la impresión de que por esta reconversión son más los trabajos que se pierden que los que se generan nuevos. Podría darnos un paneo de la situación en Argentina y en el resto del mundo.
Aunque ese tema a menudo genera inquietudes y cierto grado de pesimismo, los desafíos son también oportunidades y el futuro no está escrito. A fin de cuentas, será lo que nosotros, como sociedad, seamos capaces de construir. Por un lado, los diagnósticos ya se conocen y son muy claros. ¿Se perderán puestos de trabajo? Sí, como ha sucedido siempre ante cada transformación socioeconómica y tecnológica de gran escala. Pero, ¿se crearán nuevas formas de empleo? ¡Sin dudas! Le doy un ejemplo: se calcula que la aplicación del Programa de París sobre el Clima causará la pérdida total de unos 6 millones de empleos, pero a su vez se estima que va a generar 24 millones de nuevos empleos. Una de las metas que perseguimos, en línea con los Objetivo de Desarrollos Sustentables (ODS), es crear (antes de 2030) 344 millones de empleos. Se necesitan 190 millones de empleos más para poner fin al desempleo actual. Y si bien las tendencias y los desafíos son mundiales, cada nación tiene sus particularidades específicas y la expresión de estos problemas se da siempre de maneras diferentes. En Argentina, existen oportunidades para generar trabajo decente en actividades con sostenibilidad ambiental en toda su estructura productiva y para una importante variedad de perfiles de trabajadores. La economía verde, la economía rural y la economía de cuidados son sectores estratégicos para sustituir la pérdida de empleos en las actividades intensivas y, además, para avanzar hacia una garantía laboral universal. Otro aspecto fundamental para pensar el futuro del trabajo es el derecho al aprendizaje permanente como método efectivo de contención social y reconversión de los puestos laborales perdidos.

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– Atado un poco a los debates sobre el futuro del trabajo, en nuestro país, los sindicatos explotan su protagonismo mediático cuando es época de discusión paritaria debido a los altos niveles de inflación que pesan desde hace años sobre nuestra economía; luego pareciera que no participaran en otras discusiones o debates respecto, por ejemplo, al futuro laboral. ¿Es tan así o es algo que queda relegado? En otros países sin inflación, ¿por dónde pasan las discusiones sindicales?
En primer lugar, la coyuntura macroeconómica de un país siempre va a impactar de manera directa en la realidad de los trabajadores, pero no es la única variable. Hay también aspectos estructurales de los mercados de trabajo, como la informalidad o la seguridad social, que tienen un peso muy significativo en la calidad del empleo y por extensión en el bienestar de la sociedad. Los sindicatos son un actor fundamental, como contraparte del sector empresarial y gubernamental, para discutir los procesos productivos y asegurar los derechos de los trabajadores y mejorar las condiciones laborales en sentido amplio. En Argentina, el sector sindical tiene una actividad muy intensa que trasciende y por mucho a las discusiones paritarias, independientemente del protagonismo mediático que puedan tener. Hay una tarea minuciosa y continuada del sector sindical argentino que no llega a verse reflejada en los medios, tal vez porque apunta a objetivos de mediano y largo plazo que implican procesos de investigación, discusión y consenso que sobrepasan los tiempos de la noticia. Todas las actividades, proyectos, estudios, investigaciones que se realizan desde la OIT cuentan con participación gremial en mayor o menor medida, con referentes que se destacan por una formación técnicamente muy sólida y que además inciden y acompañan en los procesos de cambio. En este momento, por ejemplo, solamente considerando proyectos de la OIT que involucran directamente a distintos referentes sindicales, los debates están pasando por la seguridad y la salud en el trabajo, la economía verde, la economía de plataformas, la violencia y el acoso laboral, las brechas de género, la inspección laboral, la erradicación del trabajo infantil y forzoso, la mayor representación de la mujer en el ámbito empresarial, el trabajo doméstico, las estrategias de formación profesional y desde luego la libertad sindical. Las organizaciones de trabajadores argentinas son muy diferentes a las de otros países de la región y del mundo, por su historia, su impronta, su formación y el impacto que generan. Todos los actores del ámbito laboral tienen que poder adaptar, a sus prácticas, estructuras para dar respuesta a los nuevos desafíos y creo que el sector sindical argentino avanza en esa dirección.

– La falta de derechos laborales y justicia social alcanza a diferentes países: en Argentina esta informalidad se da por los altos costos laborales según sostiene el Gobierno y los empresarios. En el resto de los países que padecen altos porcentajes que es lo que la determina?
La informalidad laboral es uno de los grandes desafíos que tiene por delante Argentina. En algunos segmentos críticos el empleo no registrado tiene niveles de precariedad que deben abordarse con urgencia y de manera integral, buscando generar empleos de mayor calidad, políticas productivas y empresas sostenibles. El rol de la inspección laboral en este aspecto es central. Valoramos los incentivos y las estrategias para facilitar una transición justa hacia la formalidad, con acuerdos sectoriales dirigidos al empleo rural y que mejoren también el acceso a la protección social. Pero en el país casi el 50 por ciento de la población empleada continua en la informalidad. En toda la región de América Latina y el Caribe se observan altos índices de informalidad. En países fuertemente competitivos y con economías desarrolladas, como Suecia, Alemania y Suiza, los costos laborales son muy altos y prácticamente no se registra informalidad. El informe de la comisión global sobre el futuro del trabajo que ahora se discute en Ginebra tiene una recomendación específica para abordar este problema, con una reestructuración de los incentivos a las empresas a fin de estimular las inversiones a largo plazo.

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– Desde que asumió Cambiemos se puso como uno de los focos del estancamiento económico laboral del país las fuertes estructuras sindicales que no permiten agilizar la toma de personal al no ceder derechos. Usted, ¿qué lectura tiene al respecto?
El desempleo tiene múltiples causas pero difícilmente pueda argumentarse que el rol del sector sindical es una de ellas. La OIT publicó su informe sobre las perspectivas sociales y del empleo en el mundo a comienzos de este año, y ya entonces se prevía la continuidad de la recesión económica y un incremento en el nivel del desempleo del 9,5 al 10 por ciento. En esta dinámica macroeconómica, los representantes de los trabajadores no han tenido una responsabilidad particular. En parte, pienso que la madurez del diálogo social entre los representantes tripartitos conduce necesariamente a relaciones caracterizadas por un menor antagonismo y una mayor negociación, en las que el concepto del trabajo decente se impone por su propio peso y, en ese contexto, la idea de que los trabajadores deban ceder derechos para obtener un empleo resulta insostenible.

– Siguiendo la línea de análisis por la que venimos, cuál es el grado de sindicalización de la Argentina respecto a la región y a otros países con fuertes sindicatos como puede ser Europa.
Si se cuentan los trabajadores formales y los no registrados, aproximadamente un 40 por ciento de la fuerza laboral está sindicalizada en Argentina; es decir cuatro de cada diez. En la mirada regional, esto significa que es el segundo país con mayor sindicalización, detrás de Uruguay, que de hecho cuenta con una de las tasas de afiliación sindical más altas del mundo. En los dos casos, y también considerando a Brasil, se observan porcentajes similares a los que tienen países de ingresos altos, pero todavía lejos de las naciones del norte europeo y los países escandinavos. Dinamarca y Finlandia, por ejemplo, tiene una tasa de sindicalización cercana al 70 por ciento.

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ANÁLISIS Y OPINIÓN

El trabajo no es cosa de chicos

Por Raúl Ferrara, columnista de Mundo Gremial

Mundo Gremial

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Desde hace 17 años, a instancia de la Organización Internacional del Trabajo todos los 12 de Junio se conmemora en el mundo el Dia Internacional contra el Trabajo Infantil con el objeto de concientizar acerca de la magnitud de este problema y aunar esfuerzos para erradicarlo. En Argentina, el trabajo de menores de 16 años no solo está prohibido por ley, sino que desde el año 2008, a partir de la sanción de la Ley 26390, es considerado un delito con el que se penaliza a los empleadores que se aprovechan económicamente del trabajo de niños.

Sin embargo, lo que ya bien entrado el siglo XXI no debería ser materia de cuestionamiento, desde algunos sectores es visto con buenos ojos, destacando las bondades del trabajo temprano “para forjar el espíritu” o incluso señalando que “mejor que trabaje antes de que robe o se drogue”.

Ese mensaje reaccionario proviene incluso de cierta dirigencia política cercana o afín al gobierno. Recordemos el elocuente discurso del Senador por Entre Rios, Alfredo De Angeli, en el año 2014 pidiendo la legalización del trabajo infantil rural, o la nunca desmentida ni aclarada autorización de trabajo infantil a 45 chicos del recientemente reelecto Gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, en el año 2018.

Lo cierto es esta mirada omite considerar o, lo que es peor, oculta deliberadamente lo evidente: la pobreza que obliga a un niño a trabajar cuando debería estar disfrutando su niñez.

Pero incluso a quienes realizan ese análisis sesgado y simplista de las bondades del trabajo infantil se les dificulta sostenerlo frente a algunos interrogantes.

A quienes le otorgan un rol formador habría que preguntarles ¿Cómo inciden las labores desde la edad temprana en la educación del niño? En los casos en que el niño esta escolarizado ¿tiene el mismo rendimiento ese niño que trabaja? ¿tendrá las mismas oportunidades formativas un niño que trabaja respecto del que no lo hace? ¿Cuál es el nivel de terminalidad escolar de un niño que trabaja?A quienes le reconocen una función colaborativa con la economía familiar habría que preguntarles: ¿Por qué no se contrata a un adulto para realizar esa tarea? ¿se le paga el mismo salario al niño que trabaja que a un adulto? ¿Por qué no se le paga un mayor salario u horas suplementarias al padre para que ese niño no tenga que trabajar?

Las respuestas a todos estos interrogantes nos llevan nuevamente al lugar donde empezamos: la pobreza. Pobreza que encuentra como aliado de su perpetuación al trabajo infantil.

Aun las mejores herramientas de gestión dirigidas a combatir este flagelo caen en saco roto cuando no existe una política de gobierno direccionada a la eliminación de la pobreza. Si analizamos aquella promesa de campaña del Presidente Mauricio Macri denominada “POBREZA CERO” y los resultados de una gestión que ha llevado el desempleo a dos dígitos, ha subsumido a un tercio de los argentinos y a más de la mitad de los pibes en la pobreza, es evidente que hemos transitado el camino inverso al de una lucha real contra el trabajo infantil.

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ANÁLISIS Y OPINIÓN

Argentina aplazada en luchar contra el trabajo infantil

Según la encuesta anual del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (del Observatorio de la Deuda Social de la UCA) el trabajo infantil aumentó 3,5% en los dos últimos años.

Pablo Maradei

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Rufina es una mujer de cabellos oscuros, andar cansado y mirada triste. Su documento acredita 51 años, pero sobre su cuerpo gastado por la faena prematura, y sus amargos recuerdos, parecen muchos más. Es de Neuquén donde siempre trabajó, porque lo de ella fue acatar órdenes desde niña y servir a otros.

“A los 8 empecé a trabajar con una familia puertas adentro. Fue decisión de mis padres que trabajara en una casa de familia. Empezaba a las 8 de la mañana y recuerdo que lo primero que hacía era llevar un cajoncito para subirme a él, prender la hornalla y calentar el desayuno. Terminaba a las 9 de la noche excepto que la familia tuviera invitados por lo que tenía que servir el café. A la escuela no fui nunca; nunca tuve niñez ni adolescencia: siempre fue trabajar. Recuerdo que no tuve nunca un juguete”.

Pasaron 43 años de este relato y, con cifras que indignan, la Argentina continúa perdiendo por varios cuerpos su lucha contra la erradicación del trabajo infantil. Es más, dolorosamente, en los últimos años el porcentaje creció: el último informe del equipo del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (del Observatorio de la Deuda Social de la UCA) dado a conocer el jueves pasado, da cuenta de que el 12% de los chicos de 5 a 17 años que trabajaba en 2017 pasó a 15,5% en 2018.

Otra forma de decirlo: hoy en la Argentina 763.500 niños y niñas de entre 5 y 15 años realizan actividades productivas, según los datos de la Encuesta de actividades de niñas, niños y adolescentes (EANNA).

Este miércoles es el Día Mundial contra el trabajo infantil, y el de Rufina es un caso en miles, una diminuta y filosa muestra de una estadística abrumadora. Por ello, la OIT decidió su conmemoración arropando la estadística con realidad, y a la frialdad numérica la acobijó con las calorías que da el sentimiento del relato: compiló bajo la campaña “100 años, 100 voces” testimonios de cien conciudadanos de cada una de nuestras 24 provincias.

El trabajo de campo, estará acompañado de obras originales referidas al trabajo infantil realizadas por el artista plástico Felipe González, llevó más de dos meses de ejecución y se puede ver en www.ilo.org/100voces.

“Hablar de trabajo infantil es hablar de una vulneración masiva de derechos; entre otras cosas, el trabajo infantil te formatea porque te hace sentir responsable del sostén económico familiar”, repasa el recorrido para Mundo Gremial, Gustavo Ponce, psicólogo y funcionario de la OIT especializado en la lucha contra este flagelo mundial.

Sigue: “El aporte de esta campaña de que el trabajo infantil no es producto de la situación actual te invita a pensar el tema desde una perspectiva histórica. Basta con leer a José Ingenieros, en sus escritos de 1919, para entender que el trabajo infantil es algo que persiste. De algún modo debemos promover una pregunta en la gente que cree que no está tan mal. Esa certeza es la que nos impide ver los daños que provoca el trabajo infantil. Eso es lo que debemos romper”.

La génesis de la campaña la cuenta Ponce: “Pensamos en 100 pensando en tener 100 voces; y de ahí surgió 100 años de que se creó la OIT, 100 voces. Desechamos pensar en una consultora que contratara a alguien que tocara el timbre casa por casa por todo el país y recurrimos a personas que conocen el territorio. Fue así que hicimos una red en la que trabajó el Gobieno nacional, provinciales, sindicatos como UATRE, CTERA que aportó con maestros rurales, de Trabajadoras de Casas particulares y Ladrilleros. También ayudaron otros aliados como el INTA y empresas citrícolas, como en el caso de Tucumán. ONG´s y personas que están involucradas con esta temática”.

La tristeza contenida, la carencia de juego y las lágrimas de estos 100 protagonistas al recordar aquella niñez paradójicamente huérfana de infancia y de recreos fueron un denominador común en todos ellos.

He aquí otros relatos..

“No conocí el jugar, nunca jugué. A los seis años ya me ocupaba de buscar leña y agua en el río”, dice Hugo, salteño y ahora cercano a los 40 años. A los 15, junto a sus hermanos, comenzó a trabajar en el tabaco.

Alicia, boliviana, afincada en Buenos Aires, cuenta con la voz quebrada: “A los 9 años trabajé; ayudé a mi madre; a los 12 años trabajé por la necesidad. Terminé la escuela y luego me fui a trabajar de empleadita; lejos de mis padres y aunque me trataban bien era muy triste. Solo era trabajar de doméstica y acá en Argentina empecé a trabajar con la verdura. Yo hubiera querido ser doctora; ahora le digo a mis nenas que estudien y no que sean como yo. Ahora estamos en Argentina y también es triste estar en otro país”.

Teófilo Cruz (70), de Jujuy, aporta su testimonio: “Limpiaba acequias cuando debía tener 15 años. Me crié con mi tía abuela Margarita Cruz de González, en Pampa Blanca. Con el tiempo me llevan a Salta para luego volver a mi pueblo: hice un poco de secundario pero no sé si terminé y mi padre me dijo que para comprar cosas necesitaba que yo trabajara; por lo que terminé haciendo limpieza”.

Con fortaleza de haber atravesado una vida dura, Antonela, de Mendoza, comparte: “Empecé a vivir con mi abuela a los 9 años y las dos fuimos las primeras en trabajar en el basural. El basural creció y empezamos a trabajar juntando cartón, ropa y vidrio y todo material que pudiéramos vender a Mendoza. Recuerdo que lo hacíamos todo el tiempo, ya sea en invierno o verano”.

Con su historia, Enrique, de Misiones, nos acerca el dolor de haber perdido su niñez: “Mi papá araba y a los 7 años empecé a sacar los yuyos que el arado dejaba. Desde aquel día y hasta el día de hoy seguí trabajando. Se juntaba algodón y si no había se juntaba maíz y cuando no había esos trabajos carpíamos. Mi papá era pobre y él salía a hacer changas y nosotros trabajábamos. A los 8 años carpiendo el tábajo me picó una yarará y casi muero porque no había médico en el pueblo. En caballo fuimos a la casa del viejito que era conocedor y me salvó; ya había salvado muchas vidas. A los 10 años empecé a arar yo”.

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