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ANÁLISIS Y OPINIÓN

Incógnitas para la Argentina en la Conferencia de la OIT 2019

Por Gerardo Juara, columnista de Mundo Gremial desde OIT Ginebra-Suiza,

Mundo Gremial

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Ya estamos en Ginebra, con nuestras credenciales de la 108 Conferencia de la OIT. Para los latinoamericanos la Comisión de Aplicación de Normas trae la incógnita si alguno de  nuestros países serán subidos a la tarima del escrutinio de cumplimiento de sus obligaciones convencionales.

Para los argentinos, saber si será nuestro país o Brasil el que resulte objeto de debate. En la conferencia anterior el intento de someter a debate la reforma laboral del Presidente brasileño Temer caldeó los ánimos de las partes a un punto tal que se cuestionó por gobiernos y empleadores la imparcialidad del Comité de expertos y la única salida posible fue la postergación del caso brasileño.

Este año se espera que se retome el caso Brasil, y si eso ocurre, a esperar la respuesta de los representantes del nuevo presidente, Jair Bolsonaro, quien no suele tener un estilo “diplomático” en sus respuestas. Serán sus representantes en esta comisión de aplicación de normas igual de disruptivos?

Si el dueño de la fiesta, la OIT, pretende evitar los escándalos, se encuentra obligada a dar uno de los países grandes, la Argentina, la que más denuncias ha recibido en el continente y que mas denuncias ha realizado, es un buen Plan B para esa comisión.

Entre las violaciones que se le imputan están los convenios fundamentales y esa combinación es de ello que se necesita en esta oportunidad. Quedan también otro participantes habituales: Guatemala, Nicaragua, Venezuela, por ejemplo.

Esta conferencia pretende concluir con la aprobación de un nuevo convenio y una recomendación, lo que hace que “el vestido de fiesta” que le cosen al texto del convenio contra la violencia contra hombre y mujeres en el trabajo” tenga más reformas y zurcidos de lo esperado. La reciente Directiva europea de protección a los informantes internos de corrupción, daño ambiental etc, etc. En lugar de ampliar el consenso sobre la procedencia de la tutela a esos trabajadores como caso de violencia laboral objetiva, ha tenido el efecto contrario: a enfriado los ánimos para impulsar esa tipología de caso a tutelar.

Otro llamativo caso de suma fallida parte ser el de unir la tutela de género a la tutela laboral: pareciera que cuando el borrador amplia los sujetos y los casos compensa disminuyendo la intensidad de la respuesta. Como dicen en los noticieros, ampliaremos.

La nueva estrella de esta conferencia es el borrador de “Documento Final del Centenario” texto surgido del informe final sobre el futuro del trabajo y que pretende ser la piedra de construcción del próximo centenario. En realidad, nos alcanzaría con que pudiera darnos 10 años más y consolidar su “enfoque del futuro del trabajo centrado en las personas” (precisando aún más el concepto del documento base que se refería a una economía o un programa). La conferencia tendrá quince días para quitar y agregar a este documento en un intenso (espero) debate de conceptos, institutos y propuestas.

Como todos los años, las reuniones de alto nivel están en el orden del día. En esta oportunidad, muchas e interesantes y organizadas de manera tal que se espera impacte en el documento del párrafo anterior. Estas son:

Jueves 13 por la mañana, Juntos por un futuro mejor sin trabajo infantil. Por la tarde: La libertad de asociación y la libertad sindical y el reconocimiento efectivo del derecho de negociación colectiva como fundamentos del trabajo decente.

Viernes 14 por la mañana: empleos y competencias para un futuro mejor. Por la tarde: asegurar una transición sostenible a través de la vida.

Lunes 17 de junio por la mañana: vas tecnológicas para acceder al trabajo decente.

Martes 18, por la mañana: multilateralismo para un futuro del trabajo equitativo. Por la tarde: empresas para el trabajo decente.

Eso es todo por hoy. ¡Allá vamos!

 

Somos una agencia de noticias sindicales. Nuestra misión es dar un espacio de encuentro e información a todos los sectores de la actividad, sin discriminar su capacidad y potencial

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ANÁLISIS Y OPINIÓN

De esto no se habla

Mundo Gremial compartió con un profesor universitario un día de clases: un pliegue de la pandemia que cayó en el olvido.

Pablo Maradei

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No es apasionante, mucho menos aventurero; pero es la realidad tediosa y compleja en la que se ha convertido dar clases universitarias. Mundo Gremial compartió un día laboral en pandemia con un docente universitario de la ciudad de Buenos Aires. A nivel periodístico, nada deslumbrante por eso nadie lo registra: la producción consistió solamente en ir en auto hasta su casa y permanecer sentado, manteniendo los dos metros de distancia, mirando, mientras que hablamos, cómo el CoVid-19 trastoca toda la vida normalmente concebida.

Claro está: acompañar a un maestro rural que va en caballo, caminando o en vehículo hasta la casa de sus alumnos es mucho más apasionante y periodístico. Y más llevadero a nivel visual si se recorre una estepa hermosa de las tantas que tiene nuestro país. Como también lo es acompañar a cualquier trabajador de la salud o del transporte en su también ajetreado día y en el que se juegan la vida por el resto.

El profesor con el que se trabajó prefirió el anonimato porque entiende que en él se refleja al resto (obviamente siempre y cuando tengan más o menos la misma carga horaria).

Pero un perfil nos da cuenta de que hace 40 años que da clases (de no creer está empezando el trámite de su jubilación que lo agarró en el medio del río de cambios); es Matemático y fue docente en el profesorado Joaquín V. González y en el Colegio Nacional de Buenos Aires hasta el año pasado. Actualmente ejerce la docencia dando clases de Análisis Matemático en la UTN y en la facultad de Ciencias Económicas de la UBA. También dicta un Posgrado en esta misma casa de estudios y completa con una materia en Filosofía y Letras, también de la Universidad de Buenos Aires. Es titular de Cátedra.

Nos recibe en su casa ubicada en la zona del Abasto con café y yo llevo medialunas: es un jueves fresco que nos va poniendo en clima a la llegada del invierno. Es temprano porque a las nueve se tiene que conectar para responder consultas online de Análisis Matemático I a unos 50 alumnos que siguen para alguna de las carreras que se dictan en Económicas (Administración de Empresas, Contador, Actuario, Economía y Sistemas de Información).

Salvedad: ningún alumno está obligado a conectarse en un horario fijo porque no se puede obligar a nadie a tener “sincronicidad”; por lo tanto, no hay clases en un horario preestablecido y obligatorio. Esto es así porque se puede dar el caso de que muchos chicos compartan con sus familiares una sola computadora en sus casas; otros que directamente no tengan; otros que pueden sufrir un corte de luz y así la lista puede seguir como que en ese momento tenga que realizar alguna tarea para su trabajo.

Pero, ¿cómo explicar virtualmente cuestiones complejas de la matemática?, pregunto. “Explicar derivadas o integrales, digamos en el aire y sin un pizarrón, es prácticamente imposible; más teniendo en cuenta el contexto actual de bajo conocimiento con el que llegan los chicos a la universidad”, cuenta mientras se loguea al campus virtual.

Paréntesis. Económicas, como hace regularmente año tras año, es la primera facultad de la UBA en arrancar el ciclo lectivo: lo hizo antes de que se decretara el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio el 20 de marzo. Es decir que a días de arrancada las clases presenciales se hizo un bache de semanas hasta que se pudo aceitar el sistema virtual: fue un caos.

Retomando: nuestro profesor está contestando preguntas de los alumnos o que dejaron asentadas durante la noche o la tarde de ayer. Ahora bien: para poder estar al día con la materia los chicos debieron ver primero un video que el profesor grabó en un canal de YouTube que se autogeneró para poder dar clases. Ah, y a la par se compró un pizarrón que está colgado detrás de mí en una de las paredes de su casa. Todo el material didáctico lo fue armando así para esta materia y lo fue subiendo al campus junto con material de lectura.

“Yo como cualquier otro tiene una dinámica incorporada de años de cómo dar clases presenciales; todo eso voló por el aire y se tuvo que arrancar de cero en todo”, explica con cierto fastidio.

Seguidilla, a las 11 y luego de las dos horas de responder dudas matemáticas sigue la clase de Posgrado. La ventana de tiempo que tarda en arrancar el programa es el tiempo que tiene para ir al baño, disculpas de por medio. Vuelve con un café medio a las corridas y me ofrece otro; pero que tengo que ir a buscar yo hasta la cocina. Lo hago y de paso camino y extiendo las piernas. Vuelvo y me cuenta, mientras tiene su micrófono en mute: “si estuviera en época de clases presencial hubiera cortado 10:50 para hacer un café y arrancar el Posgrado a las 11. En cualquier caso, podemos decir que de alguna manera mantuvo la rutina.

En esta instancia superior, la cosa es distinta: el docente optó por complementar los materiales que sube (a otra plataforma que no es la de Económicas) con clases de Zoom presenciales. Es relativamente sencillo porque son menos de 10 alumnos, todos profesionales y con cierto nivel de vida que les permite tener una computadora siempre a mano. Es decir: el recurso tecnológico está cubierto en esta franja social, no así si se corta la luz o se cae el servicio de internet: imponderables. En este caso el ida y vuelta es incesante y se extiende por otras dos horas.

Por la tarde temprano tiene pautado un Zoom con colegas de Filosofía y Letras: será para que quienes dan clases en el primer cuatrimestre cuenten sus experiencias. “Esto es el día a día; y es un caso de prueba y error continuo”, me dice nuestro entrevistado. Arranca el Zoom y el primero que habla cuenta que tiene “350 alumnos y da cuatro horas seguidas de clase vía Zoom”. Pregunta al resto retórico: “¿Cómo hacen ustedes? Yo repito lo mismo cuatro veces seguidas”, arranca. Explica: “Las clases virtuales a través de esta plataforma nos permite hasta 40 minutos y 100 personas”. En su exposición amplía que esto es así porque “la facultad no accedió a pagar los 20 y 15 dólares adicionales” que cobra esta plataforma para poder vincularse con más de 100 personas y mas de 40 minutos que es el tope que da la versión gratuita. También agrega que perdió gestualidad porque está acostumbrado a expresarse con el cuerpo y las manos; cosa que al no poder hacer ahora pierde espontaneidad y que eso incluso le juega en contra a la hora de desarrollar los temas. Daños colaterales que no están a la vista.

Ya es tiempo de que me vaya, y esta altura ya podríamos decir que a mi amigo le quedan otras tantas horas para corregir trabajos: “Tomar examen es una instancia que cambió mucho. Decidí dar trabajos para desarrollar en una semana para luego calificarlos”. Tiene más de 100 para corregir porque son individuales cuando antes eran grupales.

Todo este trabajo silencioso y que se ha complejizado no se ve: es harto sabido lo golpeado que están los salarios docentes desde hace décadas en nuestro país. A eso se le sumó un caudal de trabajo inesperado que conlleva más carga horaria ya sea por el armado previo de las materias a nivel virtual como un incresendo en los tiempos de corrección al exponenciarse los trabajos prácticos y tareas que antes eran grupales y ahora no. Aún no hay convocatoria de paritarias para los docentes universitarios. Cuando haya: ¿Habrá reconocimiento? Es más: ¿Habrá reconocimiento por parte de la sociedad en general?

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ANÁLISIS Y OPINIÓN

La CGT: entre la desinformación y la no información

La Confederación General del Trabajo no cuenta con canales oficiales de información, algo que deja al desnudo no solo la desidia sino el desprecio por la institucionalidad.

Pablo Maradei

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En la edición del domingo 23 de mayo de “El cohete a la luna”, Horacio Verbitsky publicó su columna dominical llamada “Los 100 de Macrì”. Arrancaba así: “Hace una semana El Cohete a la Luna informó sobre el Top Ten de la fuga de capitales durante el gobierno de Maurizio Macrì. Se ve que hay demasiados temas importantes, porque nadie en la prensa comercial se dio por enterado”. Realidad más ironía.

Hace una semana Mundo Gremial publicaba: “¿La CGT no tiene página web?: La CGT no tiene página web”. En este caso la repercusión que tuvo de lecturas no se condijo con una reacción de parte de la conducción de la CGT: si uno entra a nic.ar y se dirige al buscador de dominios va a encontrar que tanto “cgt.org.ar” como “cgtra.org.ar” continúan liberados.

A saber: cualquier organismo, ONG, Fundación que tenga las mismas siglas se lo puede quedar presentando los papeles correspondientes en Cancillería. Convengamos que si uno escucha o piensa en las siglas CGT la ligazón racional y conceptual se direcciona al sindicalismo y no a otra institución.

Todo lo contrario, pero para mal, pasa en la dirección de Facebook: “CGT RA Organización”. Esa cuenta la maneja Camioneros. En la foto de portada se lo ve a Pablo Moyano como si hubiera concluido un acto para empezar a responder las preguntas de la prensa. El último posteo es del 27 de mayo y muestra una actividad del gremio bajo el Hashtag “cruzada solidaria” en la que se ve una larga cola de compatriotas esperando recibir un plato de comida. Y así podríamos seguir cada uno de los posteos que hace Camioneros en la página web de la CGT RA. Cosa de guapos.

En Twitter si uno busca CGT, lo más parecido a una cuenta oficial es “C.G.T. Oficial” básicamente porque allí está el clásico logo de la Confederación General del Trabajo argentina. El último posteo es de diciembre de 2017: avisan de un paro.

En este crisol virtual que nos da el sindicalismo tradicional quedan al desnudo, no solo la desidia sino el desprecio por la institucionalidad; una arista más del ADN argentino: no nos gusta estar a raya con las normas. Eso sí, si viajamos al extranjero nos maravillamos de ver cómo funcionan las cosas.

Cuentan las malas lenguas, aunque es algo que desde Camioneros desmintieron para esta nota, que es que cuando existían las tres centrales obreras (época que precedió al triunvirato formado en agosto de 2016 y que tenían de titulares a Caló, Moyano y Barrionuevo) la CGT de Moyano tenía activa la web de la CGTRA.ORG, pero la URL (la dirección virtual) estaba en manos de los metalúrgicos con las rencillas del caso.

También es cierto que mantener activas las redes es un arma de doble filo: si se lanza un espacio de comunicación virtual es necesario tenerlo vivo con información; y si una entidad no publica nada desde hace más de 2 años como pasa con el Twitter de la CGT lo que termina mostrando es una foto de abandono.

A contramano nos encontramos con que la mayoría de los gremios informan de sus actividades no solo en las páginas webs sino también en sus redes sociales. Las más pobretonas por lo menos informan del horario del camping junto a los teléfonos y fotos de los hoteles: recordar que el afiliado paga por eso.

El secretismo y lo inorgánico son dos herramientas históricas del sindicalismo; permiten la divergencia de criterios, definiciones según quien te las diga; pero por sobre todo permiten la maleabilidad en cualquiera de los temas. Algún distraído podría pensar que estamos hablando de democracia. Pensar que la ex SIDE, que vive del secretismo, tiene página web: no van enumerar los espías ni las operaciones que hagan pero informan de cuestiones institucionales.

Estamos en el siglo XXI y con un futuro incierto y plagado por la tecnología, con una discusión permanente que nos indaga como sociedad mundial respecto a los cambios de paradigmas laborales. A eso le sumamos la Co-Vid-19. La CGT no podría encargar informes a especialistas; coordinar acciones conjuntas con otras centrales obreras e informar. Pareciera no estar a la altura de las circunstancias.

El tema es infinito como una página web bien armada: en el Conversatorio que propone Mundo Gremial para este martes 2 de junio a las 18 horas continuaremos indagando sobre este tema de la mano del periodista Francisco Basualdo y de Pablo Pérez Paladino, politólogo y docente universitario, además de ser consultor en comunicación política y asuntos públicos.

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ANÁLISIS Y OPINIÓN

Teletrabajo: ¿El futuro del trabajo que queremos?

Por Oscar Cuartango y Raúl Ferrara (*)

Mundo Gremial

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Uno de los grandes debates que ha instalado la pandemia de COVID19 es el de “la nueva normalidad”. Esta figura -que puede parecer una abstracción- se empieza a consolidar como una realidad inminente a partir de algunos discursos que naturalizan situaciones otrora excepcionales.

Desde una mirada positiva, la postpandemia se avizora como una oportunidad para revalorizar el rol de los Estados que intervienen con políticas públicas para modificar la realidad en contraposición con los que dejan librada al mercado el abordaje de la política social y sanitaria de la pandemia.

Sin embargo, existe también una mirada que merece un llamado de atención desde el mundo del trabajo y que no podemos soslayar. En estas últimas semanas hemos escuchado hasta el hartazgo que el “teletrabajo”, “home office” o “trabajo remoto” ha llegado para quedarse, resaltando las bondades de esta modalidad laboral como “beneficio” para los trabajadores y trabajadoras, reduciendo la importancia del trabajo presencial a un mero costo laboral adicional y, por lo tanto, ajustable. Ese relato, parte de una construcción ideológica que -aprovechando la emergencia sanitaria- vuelve a introducir solapadamente la vocación de los mismos sectores que claman por el “libre mercado” de flexibilizar las condiciones de trabajo.

Todos hemos escuchado como se destacan las virtudes de esa modalidad laboral, que justificarían su extensión masiva tanto en el sector privado como en el sector público. La primera reflexión que nos permitimos es que no puede calificarse como “teletrabajo” a las tareas que actualmente realizan desde sus hogares millones de trabajadores: no ha existido una planificación, diseño e implementación de esos puestos de trabajo para ser realizados en esas condiciones. Tampoco ha habido un acuerdo de voluntades previo: los trabajadores que hoy realizan esa modalidad de trabajo no fueran contratados bajo esas condiciones y tampoco fueron consultados sobre la aceptación de la misma. Por ello, queda claro que se trata de una implementación nacida de la necesidad urgente de adoptar una medida de emergencia frente a una situación sanitaria que puso en riesgo la vida y la salud de los 45 millones de habitantes de nuestro país.

A pesar de ello, la figura y el debate se han instalado, y pretendemos arrimar una mirada crítica sobre la modalidad, pero sin caer en una posición arcaica o anti tecnológica. Ser crítico no implica negarse en forma dogmática, sino plantear reservas fundadas sobre una extensión masiva y apresurada y sin un profundo estudio y un adecuado marco regulatorio.

La Organización Internacional del Trabajo ya en 2016 en el “Foro de diálogo mundial sobre las dificultades y oportunidades del teletrabajo para los trabajadores y empleadores en los sectores de servicios de TIC y financieros” elaboró un documento que señalaba que los teletrabajadores “están expuestos a numerosos riesgos, entre otros, la pérdida de autonomía cuando los empleadores tratan de aplicar nuevas modalidades de supervisión del trabajo; una creciente sensación de aislamiento y otros problemas de orden psicosocial; la falta de protección de las condiciones de trabajo debido a que no se realizan inspecciones del trabajo; y, en el caso de las mujeres que trabajan a domicilio, el riesgo de afrontar una doble carga de trabajo al tener que compaginar su actividad profesional con las responsabilidades familiares”.

A aquellas dificultades que -4 años antes de la pandemia- planteaba la OIT, podría agregarse que la deslocalización del trabajo y el aislamiento del teletrabajador rompen el pensamiento colectivo debilitando su posición como trabajadores: en muchos casos no se conocerán entre sí y ni siquiera sabrán de la existencia de otros pares. Ello genera, además, la desaparición de horarios o jornada de trabajo, con una tendencia a extender la misma para alcanzar nuevos estándares impuestos unilateralmente; el teletrabajador podría convertirse en un trabajador a destajo e incluso incorporar a su propia familia a la realización de tele tareas para aumentar su productividad. Se agrega también la potencial falta de provisión de elementos de trabajo que implica, en los hechos, que es el trabajador quien asume costos de la explotación; la difuminación de los límites entre la vida personal y la actividad laboral y la inexistencia o desconocimiento del derecho a la desconexión, importarían, en muchos casos, que el teletrabajo sea una verdadera trampa: bajo la apariencia de “el trabajo del futuro” podría esconderse una peligrosa nueva forma de explotación laboral.

Frente a esos problemas, deben necesariamente adoptarse medidas de resguardo: un marco regulatorio adecuado, pensado estratégicamente y, preferentemente, emanado del diálogo social tripartito. Algunas de las herramientas a implementarse para evitar que el teletrabajo sea sinónimo de precarización y abusos podrían ser desde la reversibilidad de la modalidad a la alternancia con la modalidad presencial; un derecho de desconexión efectivo con medidas técnicas y organizacionales que garanticen un límite real a la jornada de trabajo y los descansos; acciones positivas para garantizar la actividad sindical como una cantidad determinada de jornadas u horas presenciales obligatorias destinadas a la interacción entre trabajadores y sus representantes; la determinación de los costes que serán solventados por el empleador por el uso de la infraestructura y servicios del domicilio del trabajador; la determinación legal de las condiciones de salud y seguridad en las que se prestarán las tareas contemplando también los costos que sean necesarios. En igual sentido, creemos que, debería ponerse especial énfasis en la atención de los riesgos psicosociales de esta modalidad, reforzando los sistemas de prevención y atención dentro del sistema general de riesgos del trabajo. Otro factor para considerar es el de implementar mecanismos que posibiliten el ejercicio del poder de policía estatal: la realización de tareas en domicilios particulares podría ser el instrumento para mantener en la clandestinidad a teletrabajadores o para asegurar que la violación del eventual marco regulatorio quede impune. Un registro público de empresas que empleen teletrabajadores y de sus teletrabajadores sumado a sistemas informáticos seguros pero que permitan a las administraciones del trabajo el acceso y monitoreo de la trazabilidad de las tareas remotas podría resultar indispensable para evitar la vulneración de derechos.

Más allá de las reservas y posibles soluciones que hemos planteado, también existen otros interrogantes relacionados con el potencial de extensión del teletrabajo en nuestro país. El reciente informe de Ramiro Albrieu para CIPPEC concluye que “el porcentaje de trabajos que tiene el potencial para realizarse desde el hogar se encuentra entre un 27% y un 29% de los trabajos totales, ratio que se reduce sensiblemente si corregimos la estimación por el uso efectivo de TIC en los hogares, llegando a una estimación de piso de 18% en el caso de uso de computadoras”.

Es decir, con el actual estado de situación menos de 1 de cada 5 trabajos podría -potencialmente- realizarse en forma remota. Ello pone en evidencia que, además de los problemas regulatorios, nuestro país debería, para incorporar al teletrabajo como modalidad laboral masiva, resolver el retraso tecnológico del entramado productivo, efectuar una reingeniería de procesos pensando al teletrabajo como un eslabón más del mismo y resolver las necesidades de conectividad hogareña y de mejora en las aptitudes de los potenciales teletrabajadores.

Creemos entonces que, ante este cuadro de situación, una mirada prudente es indispensable para evitar que, en la “nueva normalidad”, el teletrabajo sea la excusa para convencernos que, deslocalizando el trabajo, atomizando y ocultando en sus domicilios a trabajadores y trabajadoras, trasladando costos y sobrecargando la jornada de trabajo vamos caminando hacia el futuro cuando en realidad podríamos estar entregando mansamente conquistas de más de 100 años de luchas obreras.

El desafío es enorme y, por ello no debemos caer en el facilismo de creer que el primer día de la postpandemia nos encontrará a todos teletrabajando ni en el obstruccionismo de prohibirlo.

* Oscar Cuartango es abogado laboralista y fue Ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires (2007-2015)

* Raúl Ferrara es abogado laboralista, asesor del Ministerio de Transporte y fue Director Nacional de Fiscalización del MTEySS, Director Provincial de Asuntos Legales y Director Provincial de Inspecciones del MTBA, consultor externo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Docente en Diplomatura en Actividad Sindical de la UNLZ

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