Conéctate con nosotros

ANÁLISIS Y OPINIÓN

Coronavirus y cuarentena: la yunta que no llegó a los rieles

Recorrida en un desconocido tren carguero que pasa por debajo de la Casa Rosada. Una actividad declarada esencial, en la que se conjugó la actualidad con pinceladas de la historia ferroviaria y política de nuestro país a través de la vivencia del maquinista Leonel Mazzeo.

Pablo Maradei

Publicado

|

Leonel Mazzeo y su ayuante Facundo // Foto: Matías Baglietto para "Notas, Periodismo Popular"

Cinco días atrás el tren había salido de la provincia de Mendoza. Ni bien ingresó a su vecina San Luis se detuvo en la estación Beazley para cambiar la yunta. La yunta es la dupla que conduce la formación: un maquinista y su ayudante. El convoy de Trenes Argentinos Cargas (TAC) atravesará este distrito hasta detenerse en el límite oeste justo antes de entrar a Córdoba, en la parada Justo Daract. En esa localidad nuevamente renovará al personal de conducción.

San Luis, una suerte de Cataluña con aires independentista de la Argentina, vaya a saber por qué, funciona como si fuese la última frontera dentro del país: su gobernador, Alberto Rodríguez Saá, metió de prepo un per saltum a la norma nacional que nomencla al transporte de cargas como esencial. Basándose en la emergencia sanitaria obliga a realizar cuarentena a los ferroviarios que, entre otras cosas, distribuyen agua y alimentos. Excentricidades que exacerba la pandemia del Covid-19 y que despertó un fuerte rechazo por parte de los gremios del sector. En este caso lo que se transporta es vino con destino a Europa; y en épocas de crisis sanitaria y economía aniquilada, exportar y generar divisas genuinas es algo que también hay que considerar vital.

***

Este cronista junto a un fotógrafo nos subimos a la travesía en el tramo final del sexto día, jornada que terminará en la playa ferroviaria ubicada en Retiro, a metros de la Torre de los ingleses cuya luz punzante perfora la espesura de la noche. Vaya curiosidad: terminar donde empezó todo, porque fueron ellos quienes impulsaron los ferrocarriles en el país. El reloj marca las 23.20 y los motores se apagan. Recién al día siguiente, cuando habiliten la descarga en puerto, los contenedores serán apilados uno arriba del otro en un buque de ultramar: tardarán una veintena de días en llegar al viejo continente.

Por estas tierras, para ese entonces, quizás seguiremos “aplanando la curva” de infectados o, en el peor y más temido de los vaticinios, el sistema médico habrá entrado en un coma inducido por el colapso. No hay dictamen sobre ese futuro cercano. Lo que sí es seguro, es que sobre las vías argentinas que resistieron otras tantas implosiones, los trenes seguirán rodando.

Dos horas antes del arribo iniciábamos un viaje corto, de apenas 15 kilómetros desde la base de Haedo a Retiro, en el que este tren nos llevó por las entrañas de la Ciudad de Buenos Aires. Nos condujo Leonel Mazzeo, de 57 años y 35 de ferroviario y a quien habíamos conocido esa misma mañana. Lo acompaña Facundo Amado, su ayudante de 22 años.

Foto: Matías Baglietto para “Notas, Periodismo Popular”

Nos trepamos a la locomotora y entramos a la cabina: huele a desinfectante, una huella indeleble de los tiempos actuales. Encienden el motor y las luces; y eso es todo. No hay algo que informe o simplemente haga de fondo como puede ser una radio: es un “mute” que permite abstraernos de la excesiva y confusa información noticiosa que marea con relatos disímiles. Viajamos en silencio o conversando.

Avanzamos a una velocidad que nunca superará los 30 kilómetros por hora, hasta casi llegar a la estación Plaza Miserere. Epitafio: en esa fatídica plataforma de Once, el 22 de febrero de 2012 un tren de pasajeros se estrelló contra el final del andén convirtiéndose en el cementerio de 52 personas.

Pero ahora nos toca desviarnos un kilómetro antes de aquella herida histórica por un túnel de una sola vía que se abre a nuestra izquierda: la hoja de ruta indica que circularemos en paralelo a la avenida Rivadavia, solo que a 30 metros de profundidad. Pasaremos por debajo del Congreso Nacional, la Plaza de Mayo y la Casa Rosada y nadie de los pocos que caminan por la superficie va a enterarse.

“En los ochentas recorrí varias veces este túnel con la Policía porque era muy frecuente que el Gobierno recibiera denuncias de bomba”, cuenta Mazzeo. Eran los albores de la recuperación democrática y los militares mancillaban con este tipo de operaciones -y muchas otras- la estabilidad del entonces presidente radical, Raúl Alfonsín.

Serpenteamos unos veinte minutos en la oscuridad subterránea hasta desembocar en el más chic de los barrios porteños: Puerto Madero. Nos recibe su luminosidad generosa que no sabe de tarifas y la geografía de una ciudad transparente: sin autos, ni turistas. Ni noctámbulos. En cierto modo, la postal de la pandemia es trágicamente bella, es una foto “de revista” donde no sobra ni falta nada. Ni nadie. Y por eso percibimos nuestra realidad como ciencia ficción.

Una indicación en el tablero me saca de la abstracción: un pitido nos indica que debemos aguardar treinta minutos al relevo policial que cortará los cruces vehiculares, aunque no cruce ningún auto. Para nosotros los visitantes, la espera en la cabina de no más de 3 x 3, complota contra el paso del tiempo. Pero no para los maquinistas, habituados a largas horas de viaje. De hecho, el veterano conductor que nos guía llegó a pasar, allá lejos en el tiempo, 24 horas arriba de una locomotora.

“El minuto ferroviario puede durar horas”, describe Mazzeo mientras prende su primer Camel del viaje. Su compañero Amado activa otra yerba: se prepara unos mates que pedirá disculpas por no compartir, una costumbre tan arraigada en nuestra cultura, pero extirpada en un santiamén por el Covid-19.

Foto: Matías Baglietto para “Notas, Periodismo Popular”

Cumplidos los 30 minutos nos liberan la vía: solo restan recorrer 15 cuadras hasta estacionar el tren en el patio ferroviario de Retiro.

Ajustando cuentas de su pasado, Mazzeo me contabiliza que fumaba unos 20 cigarrillos por turno. El turno ahora es de 8 horas y desde este milenio se cumplen a rajatabla: los gremios son fuertes y se hacen respetar.

***

A propósito de los gremios, en el planeta ferroviario, que se divide en empresas de pasajeros, de cargas, infraestructura y recursos humanos, coexisten cuatro sindicatos. Los de mayor porte son La Fraternidad, que justamente representa a los maquinistas y lo conduce Omar Maturano; y la Unión Ferroviaria, que siendo el más frondoso en cuanto a cantidad de afiliados lo maneja Sergio Sasia. Completan el mapa gremial los señaleros y el personal superior.

La gran mayoría de los casi cuatro mil empleados de TAC está afiliado a alguna entidad sindical. De hecho, el presidente de esta empresa estatal, Daniel Vispo, que es un ferroviario de longeva trayectoria con más de 30 años de servicio a cuestas, está afiliado a la Unión Ferroviaria.

***

La jornada había comenzado esa misma mañana del sexto día en el predio ferroviario de Alianza ubicado en la localidad de Santos Lugares, en el partido bonaerense de Tres de Febrero. Hasta acá le había pegado el tren desde Mendoza recorriendo casi 1.200 kilómetros y habiendo consumido unos 7.000 litros de gasoil.

Fue en Alianza -un playón de 90 hectáreas donde conviven vagones con distintos tipos de carga con viejos coches abandonados y comidos por la maleza- donde nos conocimos con Mazzeo y su ayudante, Alexis Canosa, de 23 años y cuatro en TAC. Con barbijo y anteojos nos saludamos con el codo. Nos explican que a consecuencia del virus no se está haciendo el test de alcoholemia como se hizo siempre para evitar contacto con ese instrumental. En cambio, firmarán una declaración jurada en la que perjuran no haber consumido ni una gota de alcohol.

Este primer paso que realizan es, en época de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, su logueo al empleo: a diferencia del sistema virtual en el que la mayoría de los trabajadores del mundo se debe loguear en la PC de su casa para dar cuenta de que está trabajando, los ferroviarios se apersonan a sus puestos.

Foto: Matías Baglietto para “Notas, Periodismo Popular”

Por estos minutos de salutaciones, la fatigada locomotora 9413, que fue desprendida de los 60 vagones que trajeron vino desde la localidad de Palmira, en Mendoza, está siendo abastecida de gasoil. En este taller en el que también se hacen reparaciones livianas trabajan unas diez personas; aunque actualmente el plantel está reducido a siete porque hay personal que pertenece a los grupos de riesgo. Y no solo eso: el coronavirus cortó hasta lo más elemental para la idiosincrasia latinoamericana, amante de los encuentros: los viernes dejó de haber asado.

Nos subimos a la locomotora junto a Mazzeo y Canosa para completar lo que será el segundo tramo: llevar la formación hasta Haedo. Nos cuenta Mazzeo que su recorrido laboral se inició en 1983 y al poco tiempo fue delegado sindical. Arrancó en el tren de pasajeros y luego continuó en cargas. Los noventas representaron, bajo la presidencia de Carlos Menem, el ocaso del ferrocarril: “Ramal que para, ramal que cierra” fue la chapa patente de su gestión para con el sector. Mazzeo cayó en la volteada: lo despidieron en 1991 y recién reingresó en 2003 al Belgrano Cargas y Logística SA. Paradojas de un destino atado a la conducción, en esos 12 años de destierro fue jockey.

Foto: Matías Baglietto para “Notas, Periodismo Popular”

La formación avanza sobre el oeste del conurbano y nunca superará los 20 kilómetros por hora; aunque estas locomotoras importadas de China pueden alcanzar los 80. Antes de llegar a Haedo atravesamos un asentamiento que está en proceso de formación, aunque nadie frenará su expansión hasta volverse populoso y veo que nadie usa barbijo. Esa alerta roja se suma a otra: que un niñe cruce las vías corriendo; tensión que se nota en las caras de los conductores.

“Tengo tres suicidios a cuestas y coches a los que arrollé ya perdí la cuenta”, enumera Leonel y con acto reflejo de dolor se frota la frente con la palma de la mano: estos accidentes fatales nunca traspasarán el límite de la angustia a la anécdota.

Sus personalidades marcadas por el desarraigo y la soledad sobrellevan sin mayores sobresaltos el aislamiento, que en cierta forma es el ADN de su trabajo. En algún punto el encierro forzoso por la cuarentena es monocorde a la rutina laboral de estos trabajadores. Y la paciencia y la templanza que cultivaron dentro de esas confinadas cabinas, sus palancas de mando para transitarla.

————–

Este artículo fue publicado originalmente en el portal Notas – Periodismo Popular y forma parte de una cobertura conjunta entre el Sipreba y la Fundación Rosa Luxemburgo (FRL) que busca aportar al debate en torno al mundo del trabajo, su organización y estrategias en plena crisis sanitaria. En la misma se utilizan fondos del Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ). El contenido de cada publicación no refleja necesariamente las posiciones de Sipreba y la FRL.

Seguir leyendo
Aviso

ANÁLISIS Y OPINIÓN

De esto no se habla

Mundo Gremial compartió con un profesor universitario un día de clases: un pliegue de la pandemia que cayó en el olvido.

Pablo Maradei

Publicado

|

No es apasionante, mucho menos aventurero; pero es la realidad tediosa y compleja en la que se ha convertido dar clases universitarias. Mundo Gremial compartió un día laboral en pandemia con un docente universitario de la ciudad de Buenos Aires. A nivel periodístico, nada deslumbrante por eso nadie lo registra: la producción consistió solamente en ir en auto hasta su casa y permanecer sentado, manteniendo los dos metros de distancia, mirando, mientras que hablamos, cómo el CoVid-19 trastoca toda la vida normalmente concebida.

Claro está: acompañar a un maestro rural que va en caballo, caminando o en vehículo hasta la casa de sus alumnos es mucho más apasionante y periodístico. Y más llevadero a nivel visual si se recorre una estepa hermosa de las tantas que tiene nuestro país. Como también lo es acompañar a cualquier trabajador de la salud o del transporte en su también ajetreado día y en el que se juegan la vida por el resto.

El profesor con el que se trabajó prefirió el anonimato porque entiende que en él se refleja al resto (obviamente siempre y cuando tengan más o menos la misma carga horaria).

Pero un perfil nos da cuenta de que hace 40 años que da clases (de no creer está empezando el trámite de su jubilación que lo agarró en el medio del río de cambios); es Matemático y fue docente en el profesorado Joaquín V. González y en el Colegio Nacional de Buenos Aires hasta el año pasado. Actualmente ejerce la docencia dando clases de Análisis Matemático en la UTN y en la facultad de Ciencias Económicas de la UBA. También dicta un Posgrado en esta misma casa de estudios y completa con una materia en Filosofía y Letras, también de la Universidad de Buenos Aires. Es titular de Cátedra.

Nos recibe en su casa ubicada en la zona del Abasto con café y yo llevo medialunas: es un jueves fresco que nos va poniendo en clima a la llegada del invierno. Es temprano porque a las nueve se tiene que conectar para responder consultas online de Análisis Matemático I a unos 50 alumnos que siguen para alguna de las carreras que se dictan en Económicas (Administración de Empresas, Contador, Actuario, Economía y Sistemas de Información).

Salvedad: ningún alumno está obligado a conectarse en un horario fijo porque no se puede obligar a nadie a tener “sincronicidad”; por lo tanto, no hay clases en un horario preestablecido y obligatorio. Esto es así porque se puede dar el caso de que muchos chicos compartan con sus familiares una sola computadora en sus casas; otros que directamente no tengan; otros que pueden sufrir un corte de luz y así la lista puede seguir como que en ese momento tenga que realizar alguna tarea para su trabajo.

Pero, ¿cómo explicar virtualmente cuestiones complejas de la matemática?, pregunto. “Explicar derivadas o integrales, digamos en el aire y sin un pizarrón, es prácticamente imposible; más teniendo en cuenta el contexto actual de bajo conocimiento con el que llegan los chicos a la universidad”, cuenta mientras se loguea al campus virtual.

Paréntesis. Económicas, como hace regularmente año tras año, es la primera facultad de la UBA en arrancar el ciclo lectivo: lo hizo antes de que se decretara el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio el 20 de marzo. Es decir que a días de arrancada las clases presenciales se hizo un bache de semanas hasta que se pudo aceitar el sistema virtual: fue un caos.

Retomando: nuestro profesor está contestando preguntas de los alumnos o que dejaron asentadas durante la noche o la tarde de ayer. Ahora bien: para poder estar al día con la materia los chicos debieron ver primero un video que el profesor grabó en un canal de YouTube que se autogeneró para poder dar clases. Ah, y a la par se compró un pizarrón que está colgado detrás de mí en una de las paredes de su casa. Todo el material didáctico lo fue armando así para esta materia y lo fue subiendo al campus junto con material de lectura.

“Yo como cualquier otro tiene una dinámica incorporada de años de cómo dar clases presenciales; todo eso voló por el aire y se tuvo que arrancar de cero en todo”, explica con cierto fastidio.

Seguidilla, a las 11 y luego de las dos horas de responder dudas matemáticas sigue la clase de Posgrado. La ventana de tiempo que tarda en arrancar el programa es el tiempo que tiene para ir al baño, disculpas de por medio. Vuelve con un café medio a las corridas y me ofrece otro; pero que tengo que ir a buscar yo hasta la cocina. Lo hago y de paso camino y extiendo las piernas. Vuelvo y me cuenta, mientras tiene su micrófono en mute: “si estuviera en época de clases presencial hubiera cortado 10:50 para hacer un café y arrancar el Posgrado a las 11. En cualquier caso, podemos decir que de alguna manera mantuvo la rutina.

En esta instancia superior, la cosa es distinta: el docente optó por complementar los materiales que sube (a otra plataforma que no es la de Económicas) con clases de Zoom presenciales. Es relativamente sencillo porque son menos de 10 alumnos, todos profesionales y con cierto nivel de vida que les permite tener una computadora siempre a mano. Es decir: el recurso tecnológico está cubierto en esta franja social, no así si se corta la luz o se cae el servicio de internet: imponderables. En este caso el ida y vuelta es incesante y se extiende por otras dos horas.

Por la tarde temprano tiene pautado un Zoom con colegas de Filosofía y Letras: será para que quienes dan clases en el primer cuatrimestre cuenten sus experiencias. “Esto es el día a día; y es un caso de prueba y error continuo”, me dice nuestro entrevistado. Arranca el Zoom y el primero que habla cuenta que tiene “350 alumnos y da cuatro horas seguidas de clase vía Zoom”. Pregunta al resto retórico: “¿Cómo hacen ustedes? Yo repito lo mismo cuatro veces seguidas”, arranca. Explica: “Las clases virtuales a través de esta plataforma nos permite hasta 40 minutos y 100 personas”. En su exposición amplía que esto es así porque “la facultad no accedió a pagar los 20 y 15 dólares adicionales” que cobra esta plataforma para poder vincularse con más de 100 personas y mas de 40 minutos que es el tope que da la versión gratuita. También agrega que perdió gestualidad porque está acostumbrado a expresarse con el cuerpo y las manos; cosa que al no poder hacer ahora pierde espontaneidad y que eso incluso le juega en contra a la hora de desarrollar los temas. Daños colaterales que no están a la vista.

Ya es tiempo de que me vaya, y esta altura ya podríamos decir que a mi amigo le quedan otras tantas horas para corregir trabajos: “Tomar examen es una instancia que cambió mucho. Decidí dar trabajos para desarrollar en una semana para luego calificarlos”. Tiene más de 100 para corregir porque son individuales cuando antes eran grupales.

Todo este trabajo silencioso y que se ha complejizado no se ve: es harto sabido lo golpeado que están los salarios docentes desde hace décadas en nuestro país. A eso se le sumó un caudal de trabajo inesperado que conlleva más carga horaria ya sea por el armado previo de las materias a nivel virtual como un incresendo en los tiempos de corrección al exponenciarse los trabajos prácticos y tareas que antes eran grupales y ahora no. Aún no hay convocatoria de paritarias para los docentes universitarios. Cuando haya: ¿Habrá reconocimiento? Es más: ¿Habrá reconocimiento por parte de la sociedad en general?

Seguir leyendo

ANÁLISIS Y OPINIÓN

La CGT: entre la desinformación y la no información

La Confederación General del Trabajo no cuenta con canales oficiales de información, algo que deja al desnudo no solo la desidia sino el desprecio por la institucionalidad.

Pablo Maradei

Publicado

|

En la edición del domingo 23 de mayo de “El cohete a la luna”, Horacio Verbitsky publicó su columna dominical llamada “Los 100 de Macrì”. Arrancaba así: “Hace una semana El Cohete a la Luna informó sobre el Top Ten de la fuga de capitales durante el gobierno de Maurizio Macrì. Se ve que hay demasiados temas importantes, porque nadie en la prensa comercial se dio por enterado”. Realidad más ironía.

Hace una semana Mundo Gremial publicaba: “¿La CGT no tiene página web?: La CGT no tiene página web”. En este caso la repercusión que tuvo de lecturas no se condijo con una reacción de parte de la conducción de la CGT: si uno entra a nic.ar y se dirige al buscador de dominios va a encontrar que tanto “cgt.org.ar” como “cgtra.org.ar” continúan liberados.

A saber: cualquier organismo, ONG, Fundación que tenga las mismas siglas se lo puede quedar presentando los papeles correspondientes en Cancillería. Convengamos que si uno escucha o piensa en las siglas CGT la ligazón racional y conceptual se direcciona al sindicalismo y no a otra institución.

Todo lo contrario, pero para mal, pasa en la dirección de Facebook: “CGT RA Organización”. Esa cuenta la maneja Camioneros. En la foto de portada se lo ve a Pablo Moyano como si hubiera concluido un acto para empezar a responder las preguntas de la prensa. El último posteo es del 27 de mayo y muestra una actividad del gremio bajo el Hashtag “cruzada solidaria” en la que se ve una larga cola de compatriotas esperando recibir un plato de comida. Y así podríamos seguir cada uno de los posteos que hace Camioneros en la página web de la CGT RA. Cosa de guapos.

En Twitter si uno busca CGT, lo más parecido a una cuenta oficial es “C.G.T. Oficial” básicamente porque allí está el clásico logo de la Confederación General del Trabajo argentina. El último posteo es de diciembre de 2017: avisan de un paro.

En este crisol virtual que nos da el sindicalismo tradicional quedan al desnudo, no solo la desidia sino el desprecio por la institucionalidad; una arista más del ADN argentino: no nos gusta estar a raya con las normas. Eso sí, si viajamos al extranjero nos maravillamos de ver cómo funcionan las cosas.

Cuentan las malas lenguas, aunque es algo que desde Camioneros desmintieron para esta nota, que es que cuando existían las tres centrales obreras (época que precedió al triunvirato formado en agosto de 2016 y que tenían de titulares a Caló, Moyano y Barrionuevo) la CGT de Moyano tenía activa la web de la CGTRA.ORG, pero la URL (la dirección virtual) estaba en manos de los metalúrgicos con las rencillas del caso.

También es cierto que mantener activas las redes es un arma de doble filo: si se lanza un espacio de comunicación virtual es necesario tenerlo vivo con información; y si una entidad no publica nada desde hace más de 2 años como pasa con el Twitter de la CGT lo que termina mostrando es una foto de abandono.

A contramano nos encontramos con que la mayoría de los gremios informan de sus actividades no solo en las páginas webs sino también en sus redes sociales. Las más pobretonas por lo menos informan del horario del camping junto a los teléfonos y fotos de los hoteles: recordar que el afiliado paga por eso.

El secretismo y lo inorgánico son dos herramientas históricas del sindicalismo; permiten la divergencia de criterios, definiciones según quien te las diga; pero por sobre todo permiten la maleabilidad en cualquiera de los temas. Algún distraído podría pensar que estamos hablando de democracia. Pensar que la ex SIDE, que vive del secretismo, tiene página web: no van enumerar los espías ni las operaciones que hagan pero informan de cuestiones institucionales.

Estamos en el siglo XXI y con un futuro incierto y plagado por la tecnología, con una discusión permanente que nos indaga como sociedad mundial respecto a los cambios de paradigmas laborales. A eso le sumamos la Co-Vid-19. La CGT no podría encargar informes a especialistas; coordinar acciones conjuntas con otras centrales obreras e informar. Pareciera no estar a la altura de las circunstancias.

El tema es infinito como una página web bien armada: en el Conversatorio que propone Mundo Gremial para este martes 2 de junio a las 18 horas continuaremos indagando sobre este tema de la mano del periodista Francisco Basualdo y de Pablo Pérez Paladino, politólogo y docente universitario, además de ser consultor en comunicación política y asuntos públicos.

Seguir leyendo

ANÁLISIS Y OPINIÓN

Teletrabajo: ¿El futuro del trabajo que queremos?

Por Oscar Cuartango y Raúl Ferrara (*)

Mundo Gremial

Publicado

|

Uno de los grandes debates que ha instalado la pandemia de COVID19 es el de “la nueva normalidad”. Esta figura -que puede parecer una abstracción- se empieza a consolidar como una realidad inminente a partir de algunos discursos que naturalizan situaciones otrora excepcionales.

Desde una mirada positiva, la postpandemia se avizora como una oportunidad para revalorizar el rol de los Estados que intervienen con políticas públicas para modificar la realidad en contraposición con los que dejan librada al mercado el abordaje de la política social y sanitaria de la pandemia.

Sin embargo, existe también una mirada que merece un llamado de atención desde el mundo del trabajo y que no podemos soslayar. En estas últimas semanas hemos escuchado hasta el hartazgo que el “teletrabajo”, “home office” o “trabajo remoto” ha llegado para quedarse, resaltando las bondades de esta modalidad laboral como “beneficio” para los trabajadores y trabajadoras, reduciendo la importancia del trabajo presencial a un mero costo laboral adicional y, por lo tanto, ajustable. Ese relato, parte de una construcción ideológica que -aprovechando la emergencia sanitaria- vuelve a introducir solapadamente la vocación de los mismos sectores que claman por el “libre mercado” de flexibilizar las condiciones de trabajo.

Todos hemos escuchado como se destacan las virtudes de esa modalidad laboral, que justificarían su extensión masiva tanto en el sector privado como en el sector público. La primera reflexión que nos permitimos es que no puede calificarse como “teletrabajo” a las tareas que actualmente realizan desde sus hogares millones de trabajadores: no ha existido una planificación, diseño e implementación de esos puestos de trabajo para ser realizados en esas condiciones. Tampoco ha habido un acuerdo de voluntades previo: los trabajadores que hoy realizan esa modalidad de trabajo no fueran contratados bajo esas condiciones y tampoco fueron consultados sobre la aceptación de la misma. Por ello, queda claro que se trata de una implementación nacida de la necesidad urgente de adoptar una medida de emergencia frente a una situación sanitaria que puso en riesgo la vida y la salud de los 45 millones de habitantes de nuestro país.

A pesar de ello, la figura y el debate se han instalado, y pretendemos arrimar una mirada crítica sobre la modalidad, pero sin caer en una posición arcaica o anti tecnológica. Ser crítico no implica negarse en forma dogmática, sino plantear reservas fundadas sobre una extensión masiva y apresurada y sin un profundo estudio y un adecuado marco regulatorio.

La Organización Internacional del Trabajo ya en 2016 en el “Foro de diálogo mundial sobre las dificultades y oportunidades del teletrabajo para los trabajadores y empleadores en los sectores de servicios de TIC y financieros” elaboró un documento que señalaba que los teletrabajadores “están expuestos a numerosos riesgos, entre otros, la pérdida de autonomía cuando los empleadores tratan de aplicar nuevas modalidades de supervisión del trabajo; una creciente sensación de aislamiento y otros problemas de orden psicosocial; la falta de protección de las condiciones de trabajo debido a que no se realizan inspecciones del trabajo; y, en el caso de las mujeres que trabajan a domicilio, el riesgo de afrontar una doble carga de trabajo al tener que compaginar su actividad profesional con las responsabilidades familiares”.

A aquellas dificultades que -4 años antes de la pandemia- planteaba la OIT, podría agregarse que la deslocalización del trabajo y el aislamiento del teletrabajador rompen el pensamiento colectivo debilitando su posición como trabajadores: en muchos casos no se conocerán entre sí y ni siquiera sabrán de la existencia de otros pares. Ello genera, además, la desaparición de horarios o jornada de trabajo, con una tendencia a extender la misma para alcanzar nuevos estándares impuestos unilateralmente; el teletrabajador podría convertirse en un trabajador a destajo e incluso incorporar a su propia familia a la realización de tele tareas para aumentar su productividad. Se agrega también la potencial falta de provisión de elementos de trabajo que implica, en los hechos, que es el trabajador quien asume costos de la explotación; la difuminación de los límites entre la vida personal y la actividad laboral y la inexistencia o desconocimiento del derecho a la desconexión, importarían, en muchos casos, que el teletrabajo sea una verdadera trampa: bajo la apariencia de “el trabajo del futuro” podría esconderse una peligrosa nueva forma de explotación laboral.

Frente a esos problemas, deben necesariamente adoptarse medidas de resguardo: un marco regulatorio adecuado, pensado estratégicamente y, preferentemente, emanado del diálogo social tripartito. Algunas de las herramientas a implementarse para evitar que el teletrabajo sea sinónimo de precarización y abusos podrían ser desde la reversibilidad de la modalidad a la alternancia con la modalidad presencial; un derecho de desconexión efectivo con medidas técnicas y organizacionales que garanticen un límite real a la jornada de trabajo y los descansos; acciones positivas para garantizar la actividad sindical como una cantidad determinada de jornadas u horas presenciales obligatorias destinadas a la interacción entre trabajadores y sus representantes; la determinación de los costes que serán solventados por el empleador por el uso de la infraestructura y servicios del domicilio del trabajador; la determinación legal de las condiciones de salud y seguridad en las que se prestarán las tareas contemplando también los costos que sean necesarios. En igual sentido, creemos que, debería ponerse especial énfasis en la atención de los riesgos psicosociales de esta modalidad, reforzando los sistemas de prevención y atención dentro del sistema general de riesgos del trabajo. Otro factor para considerar es el de implementar mecanismos que posibiliten el ejercicio del poder de policía estatal: la realización de tareas en domicilios particulares podría ser el instrumento para mantener en la clandestinidad a teletrabajadores o para asegurar que la violación del eventual marco regulatorio quede impune. Un registro público de empresas que empleen teletrabajadores y de sus teletrabajadores sumado a sistemas informáticos seguros pero que permitan a las administraciones del trabajo el acceso y monitoreo de la trazabilidad de las tareas remotas podría resultar indispensable para evitar la vulneración de derechos.

Más allá de las reservas y posibles soluciones que hemos planteado, también existen otros interrogantes relacionados con el potencial de extensión del teletrabajo en nuestro país. El reciente informe de Ramiro Albrieu para CIPPEC concluye que “el porcentaje de trabajos que tiene el potencial para realizarse desde el hogar se encuentra entre un 27% y un 29% de los trabajos totales, ratio que se reduce sensiblemente si corregimos la estimación por el uso efectivo de TIC en los hogares, llegando a una estimación de piso de 18% en el caso de uso de computadoras”.

Es decir, con el actual estado de situación menos de 1 de cada 5 trabajos podría -potencialmente- realizarse en forma remota. Ello pone en evidencia que, además de los problemas regulatorios, nuestro país debería, para incorporar al teletrabajo como modalidad laboral masiva, resolver el retraso tecnológico del entramado productivo, efectuar una reingeniería de procesos pensando al teletrabajo como un eslabón más del mismo y resolver las necesidades de conectividad hogareña y de mejora en las aptitudes de los potenciales teletrabajadores.

Creemos entonces que, ante este cuadro de situación, una mirada prudente es indispensable para evitar que, en la “nueva normalidad”, el teletrabajo sea la excusa para convencernos que, deslocalizando el trabajo, atomizando y ocultando en sus domicilios a trabajadores y trabajadoras, trasladando costos y sobrecargando la jornada de trabajo vamos caminando hacia el futuro cuando en realidad podríamos estar entregando mansamente conquistas de más de 100 años de luchas obreras.

El desafío es enorme y, por ello no debemos caer en el facilismo de creer que el primer día de la postpandemia nos encontrará a todos teletrabajando ni en el obstruccionismo de prohibirlo.

* Oscar Cuartango es abogado laboralista y fue Ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires (2007-2015)

* Raúl Ferrara es abogado laboralista, asesor del Ministerio de Transporte y fue Director Nacional de Fiscalización del MTEySS, Director Provincial de Asuntos Legales y Director Provincial de Inspecciones del MTBA, consultor externo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Docente en Diplomatura en Actividad Sindical de la UNLZ

Seguir leyendo
Aviso
Aviso
Aviso
Aviso

LAS MÁS LEIDAS

Copyright © 2018 MUNDO GREMAIL. Desing by | dosveintiuno